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17.7.11

Camarero, hay un aro en mi sopa



- ¡Oiga! ¡Oiga, camarero! ¡Camarero! ¿Puede venir un momento? 

Pedro llamaba con insistencia al camarero del restaurante al que había ido a comer en su hora de descanso del trabajo. Había pedido el menú del día. Siete euros por una sopa de fideos sencilla y casera, un filete con patatas de segundo y una fruta de postre. Barato y suficiente para pasar la jornada laboral. El lugar lo frecuentaban numerosos trabajadores de las empresas de los alrededores. A la derecha de Pedro estaba un hombre solo, trajeado, mirando su móvil continuamente y tomando su sopa. Hacia el fondo del local había dos mesas más, ocupadas por una chica con traje chaqueta y gafas de pasta que iba por el segundo plato y un señor mayor vecino de la zona que tomaba un carajillo mientras leía el Marca. Una camarera limpiaba vasos en una pequeña barra, cerca de las dos mesas del fondo.

- Dígame. ¿En qué puedo ayudarle? - dijo, servicialmente, el camarero. 
- Acabo de encontrar esto al intentar tragar - Pedro levantó la mano derecha sosteniendo un aro dorado del tamaño de un garbanzo que estaba dentro de su sopa.
- A ver, déjeme ver. Parece un piercing por su tamaño. Se le ha debido caer al cocinero, lleva muchos. Creo que en la oreja derecha lleva cinco o seis. Cada vez que gira la cabeza parece un ama de llaves cuando va a abrir una puerta. - y se rió solo.
- Oiga, a mí no me hace gracia. Me gustaría hablar con él, esto ni es seriedad ni es ná. Por poco me atraganto.
- No hay problema - replicó el camarero, sosteniendo la sonrisa, y fue en busca del chef.

Pedro sentía las miradas de todos los demás comensales. El hombre trajeado de su derecha, al que veía prácticamente todos los días, le miraba de reojo con una sonrisa de medio lado por la curiosa situación que se estaba viviendo en el lugar. Seguramente estaría twitteando la escena con sorna. 

Un hombre salió de la cocina, sin gorro ni ningún tipo de vestimenta que denotara que era el cocinero. Lo reconoció fácilmente por la breve descripción del camarero: numerosos pendientes en ambas orejas, otros dos en la nariz, y otros tantos en la boca. A simple vista no podría Pedro imaginar que faltara ninguno.

- Lo siento, lo siento, lo siento. - Acertó a decir el cocinero -. Me he dado cuenta ahora mismo de que me faltaba un piercing. Oh Dios. Lo siento tanto. - Y se tocó visiblemente la entrepierna. 
- No... - A Pedro no le salían las palabras.
- Sí. Siento comunicarle que este aro pertenece a una parte muy íntima de mí. Es el piercing de mi pene

Un estallido de risa surgió del hombre de la derecha cuando Pedro empezó a gritar como un loco escupiendo una y otra vez cualquier rastro del sabor de la sopa. El hombre trajeado no podía parar de teclear en su móvil, abandonando momentáneamente su caldo, agachando la cabeza como si así los demás no pudiesen verle. La chica del fondo miraba escandalizada y el hombre mayor seguía ensimismado en sus noticias deportivas. 

Pedro chillaba cada vez más fuerte.

- ¡¿Pero cómo remueve usted la sopa?! ¡¿Con la punta del nabo?!
- Siempre me han dicho que cocino lo que me sale del rabo así que... - dijo con guasa el cocinero intentando quitarle hierro al asunto, aunque lo único que consiguió fue enfurecer más a Pedro -. Bueno, bueno, seguramente debí venir del lavabo y se me quedó enganchado en la man...
- ¡Exijo una compensación! - interrumpió Pedro antes de que alguna escatología peor saliese de la boca del cocinero.

La camarera del fondo estaba ausente fregando sin prestar mucha atención a la discusión, cuando de repente, al echarse el pelo hacia atrás, notó que en la oreja derecha faltaba algo. "Mierda, mi pendiente" pensó. Y ató cabos al instante.

- ¡Chicos, chicos! No discutáis más. Le pido disculpas señor, pero al menos le tranquilizará saber que ese aro no es un piercing del cocinero, es mi pendiente. Mire. 

En la oreja izquierda se podía observar un aro exactamente igual que el que se había caído en la sopa de Pedro. Suspiró con cierto alivio aunque no dejaba de ser una negligencia del restaurante. No es lo mismo meterse en la boca un piercing genital que un pendiente inofensivo de una camarera despistada. 

- Un momento - interrumpió el cocinero -. Mi piercing se ha perdido igualmente. ¿A dónde ha ido a parar? 
- PSSSFSFSFSSHH.

Un pequeño aro voló por los aires del bar después del escupitajo sonoro que soltó el hombre trajeado de la derecha. Había vuelto a tomar su sopa después de twittear todo lo ocurrido, y de golpe, su sonrisa maliciosa se borró por completo.

10.7.11

Entrevista con el hombre que difumina las caras de Google Street View


Esta mujer es anónima gracias al hombre
que entrevistamos hoy

No os voy a descubrir Google ahora. Podría hacer como algunos que antes de empezar un tema necesitan hacer una introducción Wikipedística del tema, por si alguien no sabe qué es. Google fue fundada en el año... ZZZZzzzZzzzZ. Vamos, que todos conocéis al todo poderoso dueño de Internet y dueño de lo que hay debajo de esta santa casa. Una de sus plataformas de dominación mundial es Google Street View donde tienen guardaditas todas las calles del mundo entero y a sus habitantes meando entre coche y coche en un apretón loco. Por aquello de la privacidad, Google difumina las caras de la gente; no vaya a ser que les pillen saliendo de casa del amante o borrachos perdidos, aunque luego lo pongan ellos mismos en Facebook. A partir de ahí, lo que se pregunta la gente es: ¿Cómo lo hace Google para borrar todas y cada una de las caras que aparecen en su aplicación? Pues hoy os traigo la respuesta: un hombre llamado Paul Blur, él solito, se encarga de esta ardua tarea. Y lo entrevistamos aquí.


A Paul Blur lo conocí de pura casualidad en unas vacaciones. Me extrañó su forma de mirar a la gente, como si conociera a todo el mundo de algo. Se les quedaba mirando frente a frente y les decía: "Tu cara... Tu cara me suena..." Pero nunca terminaba de caer en si les conocía o no. La curiosidad me pudo y tuve que preguntarle si se había perdido. Me dijo que no, que simplemente eran gajes del oficio. Eso todavía me desconcertó más y le pregunté sobre su trabajo. "Soy el difuminador de caras de Street View" - me dijo. Pensé que una entrevista a tan peculiar hombre, podría ser interesante para El mundo está loco. Y aquí lo tenemos. "Y también de matrículas, apunta eso, que luego a la gente se le olvida" - apostilló. Un perfeccionista.


Yo: Bueno, aquí estamos. Las presentaciones están hechas así que muy buenas tardes señor Blur. Vamos a hablar de su profesión y su trabajo concreto en Google Street View.

Blur: In English, please. 

Yo: Ehm, a ver. Deje de mirarme mis notas chafardero. Esto es en castellano cuando lo traduzco aquí, pero estamos hablando en inglés. ¿Sabe? Esto lo escribo, pero no es en directo y tal. Está grabado.

Blur: Entiendo. Ah, claro. Es decir, yo ahora estoy hablando en inglés, pero oh my God, aparece en castellano en su libreta. Increíble. Bueno, el oh my God no lo ha traducido, pero sí. Muy bien.

Yo: Exacto. Esto es así. No hace falta que entre en más detalles.

Blur: Qué maravilla la tecnología. 

Yo: Ehmmm... Sí. ¿Podemos seguir? Bueno. Como decía. Usted es un empleado de Google que se dedica a difuminar caras de todas las persona que están paseando por la calle mientras el coche de Google hace fotos de 360º. La pregunta es, ¿cómo hace para poder difuminar a tiempo a todas y cada una de las personas que aparecen ahí? Estamos hablando de millares de personas.

Blur: Bien, el proceso es bastante sencillo. Pero le voy a explicar cómo lo hacíamos al principio, que es mucho más interesante. Antes de que los jefes implantaran el teletrabajo yo acompañaba al coche de Google por todas las ciudades. Conozco cada palmo de todas las ciudades de todos los países del mundo. Pues bien, cada vez que hacía una foto el señor de las fotos del coche de Google, yo echaba spray de humo sobre las caras de los que paseaban cerca.

Yo: ¿¿Qué??

Blur: Sí, les rociaba la cara con spray y así aparecían difuminados en las fotos. El problema venía en que todo el mundo salía tosiendo y luego en las noticias decían que Google gaseaba a la gente. Nos pudo haber dado muy mala imagen, pero es que las ideas geniales siempre son duras de adaptar al principio. 

Yo: Ha dicho algo sobre un señor que hacía fotos en el coche de Google, supongo que es así como llaman cariñosamente a la cámara automática, ¿no?

Blur: No, no. Qué va. Entonces teníamos a un señor de verdad ahí dentro. Cuando empezamos a montar todo esto, la tecnología no estaba tan avanzada. Nuestros ingenieros pasaban demasiado tiempo en la sala de Ping-Pong y tuvimos que montar las cosas así. Teníamos a un señor - amigo mío, por cierto, muy buena gente - sentado en un sillón giratorio dentro del coche. A cada vuelta sacaba un chorro de fotos, tenía un dedo rapidísimo. Era una máquina. Siempre ligaba mucho con eso. 

Yo: Sorprendente. Pero eso se abandonó, si no tengo mal entendido ahora funcionan con cámaras automáticas.

Blur: Sí, luego los ingenieros se espabilaron. Sobre todo por las quejas del conductor del coche que cada dos por tres recibía un vómito del fotógrafo. Tantas vueltas marean hasta el más entrenado.

Yo: Volvamos a su tarea. Me ha comentado que usted rociaba de spray a los viandantes para que no salieran sus caras. Esto lo abandonaron por motivos evidentes, y ahora su tarea consiste en...

Blur: Bien, yo ahora lo hago todo desde casa. Me pasan una versión tal cual sale en las fotos y yo me dedico uno a uno a ir borrando las caras. Al principio lo hacía con el spray del Paint, pero decían que no quedaba bien. Luego ya aprendí algo de Photoshop y me apaño. A mí me gustaría dibujarles bigotitos, pero tampoco me dejan. ¡Coartan mi creatividad!

Yo: Una lástima, sin duda. A mí lo que más me ha preocupado de su trabajo son los efectos secundarios. Antes le he visto confundir a gente.

Blur: Bueno, es que tengo un problema. Ahora veo a todo el mundo borroso. Y para verlos bien tengo que emborracharme. Al contrario que la gente normal. Así que cuando voy borracho soy más exigente con las chicas.

Yo: El último comentario no viene al caso, pero quizá así le conocemos mejor como persona. Tengo curiosidad por saber a qué se dedicaba antes de que le contrataran en Google.

Blur: Era el que ponía estrellitas en las tetas de los anuncios de contactos. Una tarea jodida por la que me diagnosticaron priapismo. Lo dejé. En Google estoy más tranquilo.

Yo: A pesar de todo lo que me ha explicado, comprenderá que haya muchos lectores que crean que me está contando milongas y que todo esto del Street View funciona con algoritmos muy sofisticados. ¿Qué tiene que decirles a estas personas?

Blur: Pues que no se crean que son tan listos. Que yo les he visto ahí en sus pedazo de habitaciones de recreo y están todo el día con el futbolín y el mus. Que está de moda allí el mus ahora. Estas cosas no llegan a vuestro país, pero es así. Y luego no tienen tiempo de programar ni nada. Pero a mí ya me va bien porque tengo trabajo. 

Yo: Eso es bueno señor Blur. Esperamos que mantenga su puesto de trabajo por el bien de la privacidad de las personas de este mundo.

Blur: Y tanto, su privacidad está a salvo. En mi cabeza, claro. 

Yo: Muchas gracias por su atención y es usted bienvenido en esta web. Está usted en su casa.

Blur: Por supuesto. Lo sé todo. De ti. De aquel. Del otro. MUAHAAHAHAAAHA.

Y se fue riéndose a mandíbula batiente como un ser malvado. Conocedor de todos los secretos del mundo. Un personaje curioso con un trabajo muy laborioso. Quién lo iba a decir.

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